Nacimiento, crecimiento y reproducción de un poema

FLYER NACIMIENTO, CRECIMIENTO, REPRODUCCIÓN DE UN POEMA

Del lunes 10 de febrero al viernes 15 de febrero del 2014 de 19:00 a 20:30 h., Gonzalo Escarpa impartirá en La Posada de Hojalata el Taller intensivo “nacimiento, crecimiento y reproducción de un poema”.

Objetivos del taller y programa

Los poemas, como todos los animales, nacen, crecen, se reproducen y, si no consiguen encontrar un cauce adecuado de expresión, mueren.

En este taller, Gonzalo Escarpa, director de La Piscifactoría Laboratorio de Creación, gestor cultural y poeta especializado en la relación del texto con el hecho escénico, recorrerá todos los momentos de la creación aprovechando los trabajos particulares de los participantes. Incluyendo “el antes” (estímulos, disparadores, lectoescritura, intertextualidad, concepto), “el durante” (anulación del espíritu crítico, inmersión, vuelapluma, fonosemántica, sistemas de recaptación textual) y “el después” (exégesis, anulación del espíritu creador, revisión y borrado. También difusión, puesta en escena, publicación online y offline…).

Se trata de un taller eminentemente práctico, en el que Gonzalo Escarpa aplicará los procedimientos que ha ido desarrollando a lo largo de diez años de experiencia pedagógica en su Laboratorio de Creación Poética.

Atendiendo siempre a las necesidades personales de los participantes y a sus textos, revisará, utilizando ejercicios de desbloqueo, juego y captación del sentido poético del lenguaje, todos los elementos que intervienen en la creación de un poema.

Al finalizar el taller, los asistentes contarán con al menos un texto poético definitivo, que cumpla con las expectativas originales y esté listo para ser reproducido de forma virtual o escénica. En ese sentido, se trabajará igualmente con textos discursivos, visuales, sonoros, etc., entendiendo el hecho poético en el más amplio sentido.

Más información en http://www.laposadadehojalata.com

Promoción cursos en La Posada de Hojalata

PERIODISMO LITERARIO

En la Posada de Hojalata (www.laposadadehojalata.com) poco a poco, gracias a todos los que os habéis matriculado ya, vamos completando nuestros cursos. Pero queremos más, por nosotros, claro, aunque también por vosotros. Porque estamos seguros de la calidad de nuestro proyecto y de nuestros profesores.
Así que, desde hoy, todos los viernes lanzaremos una oferta especial en alguno de nuestros cursos a TODOS los que nos contesten acertadamente una sencilla pregunta.
Cada promoción durará hasta el viernes siguiente, o hasta completar las plazas que restan en el curso en cuestión.
Hoy comenzamos con el CURSO DE PERIODISMO LITERARIO, impartido por el Premio Ondas Fernando Olmeda (un lujo), realizando un 25% de descuento a quien sea capaz de respondernos qué relevante cronista nacido en una ciudad actualmente de Biolorrusia ha recibido el Premio Príncipe de Asturias. Solo se admite una respuesta por participante.
Podéis enviar vuestras contestaciones a info@laposadadehojalata.com o hacerlo directamente en nuestro espacio en c/ Nebrija, 12, 28801, Alcalá de Henares (Madrid).

¿Se aprende a escribir?

Hace unos días aparecía un artículo publicado en el diario El País, titulado Desmontando a Faulkner, que reflejaba el auge de las escuelas de escritura y se preguntaba sobre su trabajo y repercusión en el mundo literario.

Poco después el suplemento cultural del periódico argentino Clarín, Revista Ñ, lanzaba en las redes sociales estas preguntas, bajo el hashtag #ConsignaÑ: ¿Los talleres literarios cumplen una función necesaria? ¿O se aprende a escribir solo?

Parece que de un tiempo para acá el debate sobre estos nuevos “centros de enseñanza” está servido. Supongo que mi opinión al respecto está sesgada y, por lo tanto, tiene menos valor si cabe que cualquier otra opinión que pueda verter sobre ningún otro tema. No en vano dirijo una escuela creativa donde los cursos de literatura (en sentido general) conforman un buen grosso del plantel del programa ofertado. Así que, qué otra cosa voy a hacer yo que no sea abogar y posicionarme a favor de su utilidad. Aún así, no me resisto a opinar.

¿Se puede aprender a escribir solo? Por supuesto que sí. ¿Es necesaria una escuela de escritura? Claro que no (la mayoría de grandes autores nunca pasaron por ninguna), mucho menos en el sentido literal del término necesario. De hecho, si aplicamos esta misma literalidad a casi todo lo que imaginemos, probablemente la respuesta en la generalidad de casos también sería un rotundo no. Necesarias, lo que se dice necesarias, hay muy pocas cosas en este mundo de artificialidad que todos hemos creado.

Sin embargo, para centrar el debate no estaría de más redefinir, o simplemente definir, algunos términos. Por ejemplo: ¿A qué llamamos aprender a escribir? ¿Significa escribir convertirse en un escritor de éxito? Ya no digo tanto, ¿significa escribir alcanzar una publicación de cierta notoriedad?

Extrapolemos por un instante el mismo debate a la música. Serían muy pocos los que pusiesen en duda que una escuela de música  puede enseñar a alguien a tocar un determinado instrumento de un modo más o menos torpe, o de un modo más o menos virtuoso. Pongamos por caso la guitarra. Pero nadie mide el éxito o fracaso de estas escuelas en base a si todos sus alumnos se convertirán tras su salida de ellas en grandes concertistas o reputados guitarristas parejos a Joe Satriani.

Se asume que el aprendizaje musical, más allá de tu talento, tu esfuerzo y tu dedicación, tiene una serie de características técnicas que pueden ser enseñadas y aprendidas. Luego, claro, todo dependerá de cuáles sean tus objetivos personales y, sobre todo, cuál sea el sacrificio y las renuncias a las que estés dispuesto a someterte. Porque principalmente se aprende a tocar un instrumento tocándolo, hasta obtener callosidades en los dedos, y escuchando una y otra vez a los virtuosos. Al igual que se aprende a escribir escribiendo, rompiendo folios (o mandado archivos a la papelera de reciclaje) y leyendo, sobre todo, a los grandes. ¿Quién puede poner eso en duda?

Parece difícil creer que alguien por el mero hecho de acudir a clases de piano un par de horas por semana pueda ser capaz de entrar a formar parte de la Orquesta Filarmónica de Viena, si no pone bastante más de su parte. A no ser que haya sido dotado con un “don divino” que se escapa al común de los mortales. A lo sumo, conseguirá deslumbrar a unos cuantos familiares en una reunión informal, con una serie de acordes aprendidos, cuando el vino de la comida ya ha hecho su efecto en ellos. Sin embargo, nadie cuestiona por ello la validez de este tipo de centros. ¿Por qué entonces criticar las escuelas de escritura con argumentos del tipo “están creadas para conseguir que las élites lleguen a fin de mes? No será precisamente lo contrario, que ciertas élites temen que se desmitifique la profesión del escritor, hasta ahora insuflada de un aire de misticismo, y se llegue a la conclusión de que la creación literaria está mucho más al alcance de lo que parece con el debido sacrificio y trabajo.

Pero dejando, por un momento, aparte las disciplinas artísticas, ante la manida pregunta (¿Se puede aprender a escribir?), el escritor (y profesor de cursos de escritura creativa en Hotel Kafka) se salía por la tangente, en el artículo de El País anteriormente citado, y respondía cual gallego con otra pregunta: ¿Se puede aprender a parir?

La “respuesta” puede considerarse absolutamente demagógica y fuera de tono, pero no carece de sentido, desde luego. No parece que haya mucho que enseñar en un acto tan natural y cotidiano como el acto de parir. Un acto para el que la mujer, en este caso, ha sido predispuesta de manera genética. Sin embargo, son pocas las mujeres (y las parejas de las mismas) que rechazan hoy día la asistencia a una clase preparto en los países occidentales donde se imparten a través de la seguridad social. ¿Son necesarias para parir? Difícil sustentarlo. La especie humana lleva reproduciéndose miles y miles de años sin ellas.

¿Son útiles? Pues supongo que nunca está de más que alguien, sobre todo si eres primeriza, te explique en qué consiste la experiencia, que te muestre algunas técnicas de respiración y relajación, te advierta sobre algunos errores, motivados por los nervios, que pueden ser contraproducentes. Sin obviar el beneficio de poder compartir tus miedos, tanto con tu matrona como con el resto de las asistentes a las clases.

Esto no quita, por supuesto, que en último término una se encuentre sola en el paritorio y no quede otra que apretar los dientes y desear, como decían las abuelas, “que sea una hora cortita”.

También, en último término, uno está solo frente al folio en blanco con o sin escuela de por medio.

Y volviendo a la escritura de nuevo. Esta no es mucho más distinta que la música, que poníamos antes como ejemplo, en ciertos aspectos. Los talleres literarios te pueden mostrar una serie de técnicas, te pueden acortar el camino del aprendizaje, si estás dispuesto a instruirte, te pueden allanar algunos terrenos por los que otros pasaron en su tiempo con algún que otro tropiezo, te pueden ayudar a acercarte a la literatura, a seleccionar tus lecturas e incluso a enamorarte de ella, y, por supuesto a compartir tus inquietudes y tus miedos con otras personas con intereses similares. Pero si alguien desea dedicarse a este oficio en serio tendrá que poner mucho de su parte, como casi para cualquier profesión, impermeabilizarse ante el fracaso  y teclear una y otra vez sin descanso aun cuando las ideas no fluyan como desearía.

¿Se puede enseñar a escribir? Tanto como se puede enseñar a colocar los dedos en los trastes de una guitarra para que salga una nota similar a fa o tanto como se pueden enseñar técnicas para que el parto sea algo más llevadero. Pero hacer música con mayúsculas, ni que decir tiene que es otra cosa muy distinta a tocar dos o tres cancioncillas recurrentes al calor del aplauso de los amigos.

¿Es útil una escuela de escritura? Tan útil o tan inútil como lo es recibir clases de inglés un para días por semana durante una hora, si luego aparcas los libros en el estante, no los vuelves a recuperar hasta el día siguiente, y no te preocupas de practicar el idioma más que dentro del aula.

Quizá, como decía Churchill, el problema de los hombres sea que no quieren la utilidad, sino la importancia. Y no, en ese sentido, las escuelas de escritura no son una catapulta hacia un prestigioso galardón literario per se.

Pequeñas Rutinas

TRANVÍA

Incluido en El sonido de los sapos

Llevábamos más de una semana sin hacer el amor y sabe Dios cuánto tiempo sin hacerlo encima de alguna superficie que no fuese la cama o el sofá. En los últimos días me había estado planteando si nuestra relación había tocado fondo o simplemente atravesaba una de esas crisis por la que pasan todas las parejas. Por la tarde, en el trabajo, no dejaba de imaginarme llegando a casa, cogiendo a Laura por la cintura y dándole un apasionado beso nada más cruzar el umbral de la puerta, desnudándola… Después, una cena mientras nos contábamos qué tal nos había ido el día, mientras nos reíamos de esas pequeñas estupideces de las que solo se ríen dos personas cuando están enamoradas.

¡Deseaba tanto que todo fuese como al principio!

***

Cuando llegué a casa nos dimos un frío beso en los labios, apenas posándolos, y comimos unos espaguetis recalentados con la televisión encendida para suplir las enormes carencias de nuestra conversación. Al acostarnos, otro pequeño roce con los labios totalmente secos y un buen o mal libro acompañado del sempiterno que-descanses-buenas-noches.

Durante mucho tiempo, hasta que murió mi padre, me pregunté por qué mis padres malgastaban sus vidas juntos, por qué dejaban correr los minutos, las horas, los años; cómo dos personas podían compartir algo, fuese lo que fuese lo que ellos compartiesen, si no tenían ganas de palmear el culo del otro cuando pasaba por su lado. ¿No era mejor decir hasta luego y empezar algo realmente intenso lejos de allí? Recuerdo que siempre me prometí a mí mismo que en mi caso todo sería distinto, que nunca acabaría de ese modo. Si algún día tenía una persona al lado la desearía en todo momento y ella me desearía a mí, si no era así nunca tendría a nadie a mi lado; sabría perfectamente cuándo decir hasta luego, cuándo decir adiós. Y ahora, ahí estaba yo, dándole la espalda a Laura y sin pasar de la página cuarenta de El lobo estepario.

La revista resbaló de las manos de Laura hacia el suelo y poco después comencé a oír su respiración anunciando que había caído en manos del señor Morfeo. Cerré al bueno de Hermann por la página cuarenta y apagué la luz.

***

Ambos teníamos treinta y cinco años y ningún hijo, no habíamos podido por culpa de unas dificultades en mi aparato reproductor: venas varicosas, dijo el médico. Laura trabajaba y yo también, los dos teníamos sueldos desahogados. Nuestra relación no era de dependencia en ningún sentido, al menos no económica o social. Estábamos en el siglo xxi y el divorcio ya no era ningún lastre; de hecho las estadísticas reflejaban más divorcios que matrimonios. ¿Entonces cuál era la razón para que Laura y yo siguiésemos juntos? ¿Miedo a estar solos?

Miré el reloj despertador: las dos y veintisiete. A las siete y cuarenta y cinco comenzaría a sonar y otra vez comenzaría otro día lleno de pequeñas rutinas; mientras, en algún lado alguien, que podría ser yo, estaría haciendo algo realmente emocionante con su vida. Me vino a la cabeza una frase que había oído o leído en algún sitio: «Tú eres el arquitecto de tu propio destino». Si era así, desde luego yo estaba haciendo una chapuza de casa.

Pensé en despertar a Laura. Me entraron ganas de cogerla medio dormida y hacerle el amor, pero ¿para qué? Seguramente me respondería con una frase del tipo: «¿Qué haces? Es muy tarde». O quizá no, el caso es que se me quitaron las ganas.

A las siete cuarenta y cinco sonó el despertador como estaba previsto; me debí quedar dormido sobre las tres y media, no lo recuerdo. Me levanté medio dormido y me dirigí al servicio, encendí un cigarrillo que casi me hace vomitar y lo tiré por la taza del váter. Apenas desayuné un trago de leche directamente del cartón, me vestí y me largué al trabajo.

De camino al trabajo, en el tren y con el periódico de la mañana, del que no pasaba de los titulares (como con el libro de Hesse), volví a pensar en mí y en Laura, en cómo éramos de jóvenes, en todos esos planes que se habían quedado en el camino entre hipotecas, cenas familiares y tratamientos de fertilidad… Todavía estábamos en Atocha, más o menos quince minutos hasta Chamartín.

Cuando me apeé en Chamartín me quedé observando durante unos instantes el panel donde anuncian los trenes de largo recorrido: Lisboa 9:45… Laura y yo fuimos a Lisboa cuando empezábamos a salir, fue nuestro primer viaje de verdad. Nos pareció una ciudad maravillosa, anclada en la decadencia de un tiempo fascinante, al igual que nosotros estábamos anclados en la decadencia de nuestro propio pasado. Hicimos el amor todos los días. Los fotogramas de esos momentos se agolpaban en mi mente.

… ¿Y si cogía ese tren a Lisboa? Solo eran ocho horas de viaje; con la hora portuguesa ganaría una…, sobre las seis de la tarde estaría allí. ¿Y si cogía ese tren a Lisboa, y si empezaba una nueva vida, lejos de Laura, lejos de Madrid, lejos de ese horrible trabajo en «las torres Kio», lejos de ese horrible sonido del radiodespertador sonando a las siete cuarenta y cinco de la mañana, lejos de todos aquellos créditos hipotecarios, de todos esos clientes con sus préstamos, sus letras variables y sus cuentas en descubierto? ¿Quién era yo para reprocharle a alguien que tuviese una cuenta en descubierto cuando apenas su sueldo llegaba para alimentar a dos hijos, pagar un coche de kilómetro cero, llenarlo de gasolina, pagar su seguro, comprar un poco de marisco por Navidad y puede que algún regalito para su mujer el día del aniversario de boda y el de su cumpleaños…? ¿Quién era yo?

Tiré el periódico, del que no había pasado de los titulares, a la papelera que me encontré en la salida de la estación y me dirigí andando lentamente hacia plaza Castilla. Atravesé la puerta del edificio: «buenos días», me tomé el café, recogí el correo de mi consigna, entré en el despacho, me conecté a Internet con las últimas noticias de bolsa, recibí un par de llamadas y después de encenderme un cigarrillo, dar de comer a Pancho (mi pequeña piraña) y ver cómo abría la boca en busca de ese minúsculo alimento, traté de adelantar todo el mogollón de papeles que tenía encima de los archivadores y repartidos alrededor de toda la mesa.

Paré para comer a las dos y nueve minutos, como casi siempre, y comí un sándwich especial con ensalada y patatas fritas en la cafetería de la oficina, como casi siempre, y como casi siempre me acompañó Alfonso Rodríguez, el abogado que se encargaba de los asuntos fiscales del banco. El bueno de Alfonso; veinte años casado con su mujer y nueve liado con su secretaria. Supongo que ella lo sabía y lo aceptaba, al fin y al cabo no dejaba de ser una situación cómoda para ambos, seguramente lo era para los tres. A lo mejor todo se reducía a eso, a tener un lío con tu joven secretaria; puede que esa fuese toda la emoción que un tipo como yo era capaz de poner en su vida. Cuando regresé a la oficina por la tarde, miré de soslayo a Rosa, mi auxiliar: no, Rosa desde luego no era la solución a mi fracaso con Laura.

A las siete de la tarde, ya de vuelta a casa, volví a girar la cabeza hacia el panel donde se anuncia la salida de trenes de largo recorrido y, por supuesto, ya no estaba el de Lisboa. Algo me atravesó por dentro y se instaló dentro de mí: simplemente habíamos dejado enfriar las cosas, simplemente habíamos dejado que la monotonía fuese más fuerte que nosotros. No quería empezar una vida lejos de ella, estaba completamente seguro. Abrí el maletín de mi portátil y mandé un correo al ordenador de Rosa: me iba a tomar una semana libre. No había demasiado trabajo y el que había se podía posponer… «Dos billetes a Lisboa, por favor, para mañana», le dije al dependiente de la ventanilla.

Le daría una sorpresa a Laura. Cogeríamos solo dos mochilas como cuando éramos novios y pasaríamos una semana en cualquier triste pensión de Estoril o Cascais, nada de hoteles de lujo. Estaba deseando llegar a casa y ver su cara, seguro que le encantaba, siempre me estaba reprochando que había perdido la espontaneidad de la que se enamoró, que me había convertido en un tipo monótono. Estaba nervioso, las estaciones corrían lentamente, la hora de viaje se me hizo eterna, no veía el momento de meter la llave en la cerradura de la puerta, abrirla y encontrarme a Laura probablemente en la cocina preparando la cena y mostrarle los billetes…

  

20 de abril de 2017. Hospital Psiquiátrico Santa Cristina

—¿Qué tal está hoy mi hermano, doctor?

—No lo sé. Me gustaría decirle que evoluciona, pero sigue anclado en ese día. Sigue anclado en el día que llegó a casa y se encontró a su mujer encima del sillón, con ese horrible disparo en la cabeza y esa nota encima de la mesa. Excepto que esa parte la suprime de su cerebro. Sigue vistiéndose todos los días con el mismo traje, levantándose a las siete cuarenta y cinco y regresando aquí a las ocho de una supuesta oficina que ya no existe y en la que ya no trabaja, paseando ese viejo portátil en la mano y cogiendo el mismo tren. Lleva haciendo lo mismo durante quince años y creo que lo seguirá haciendo hasta que muera. Incluso se acerca a la ventanilla y pide dos billetes para un tren a Lisboa que desapareció ya hace diez años… Mire, si quiere verle, por ahí entra.

Relato incluido en el libro El sonido de los sapos.

Nace La Posada de Hojalata (Escuela Creativa)

La Posada 4 opciones-04-04Después de un tiempo alejado de las redes sociales, me alegro presentaros el proyecto que me ha tenido ocupado durante estos meses. Se trata de una Escuela Creativa homónima  a este blog: La Posada de Hojalata.

En ella se impartirán talleres y cursos profesores de reconocido prestigio, como Luisgé Martín, Miguel Munárriz, Carlos Salem, Guillermo, Roz, Óscar Santos, Lea Vélez, Pep Bruno, Marta Fernández Rañada, Fernando Olmeda, Julio Reija, Juan Ruiz o Álvaro Van Den Brule. Se tratará de clases reducidas y eminentemente prácticas, donde podréis intercambiar conocimientos y beneficiaros de la experiencia de reputados expertos.

En cualquier caso, aquí os dejo la página web. En ella podréis encontrar información más amplia del proyecto.

www.laposadadehojalata.com

Equipaje

Cuando Emilio tocó el hombro de Julián y su cuerpo se venció hacia un lado, dejándose caer contra la ventanilla, supo que estaba muerto. Aun así palpó su yugular a la altura del cuello con los dedos índice y corazón en busca de la ausencia de pulso que lo corroborase. Efectivamente, la arteria no palpitaba a causa del estancamiento del flujo sanguíneo, su tránsito había desaparecido. No había duda: había fallecido.

No le cogió por sorpresa. Era algo que más temprano que tarde tenía que ocurrir. Pero, para qué negarlo, le irritó que se hubiese producido en su turno de trabajo y más con el tren todavía detenido.

También sintió lástima por él, claro. Pero aunque fuese algo inconfesable públicamente, dada la hipocresía social, este fue un sentimiento secundario, porque sobre todo sintió eso: irritación.

Tenía ya cincuenta y tres años y, por lo tanto, se había tenido que enfrentar a unas cuantas muertes en su vida. Algunas más lógicas, como la de sus progenitores, y otras más dolorosas, como la de su esposa, hacía dos años, víctima de un cáncer linfático que se la llevó sin avisar en apenas tres meses. Sabía de primera mano que a la defunción le sigue una burocracia molesta, y casi siempre grosera, que no atiende a sensiblerías. Más tratándose de una muerte como esta, por mucho que estuviese completamente claro que, como decía Bécquer, Julián había muerto de muerte. Sin más.

Ahora tendría que informar de lo sucedido, inmovilizarían el tren, llegarían las autoridades pertinentes, después habría que esperar a que acudiera el juez para que ordenara el levantamiento del cadáver. Probablemente los pasajeros no podrían moverse de sus asientos en horas y mucho menos partir hacia sus destinos hasta que todo el protocolo se completase. Lo que provocaría su consiguiente enojo. Porque, por mucho que nadie lo diga abiertamente, a todos nos “trae al fresco” lo que le pueda suceder a cualquiera que no seamos nosotros mismos o nuestros allegados. Mucho más lo que le pueda acontecer a gente como Julián Alcázar.

Si no fuese así no hubiese estado llevando ese tipo de vida en el último año, impropia para cualquiera, pero mucho más para un anciano de ochenta y dos años.

Cuando vinieron todas aquellas cámaras de televisión y después los informativos explicaron lo del desahucio, motivo por el que se veía obligado a vivir viajando en trenes constantemente, gracias a la única posesión que no le habían expropiado: su tarjeta de minusválido que le permitía viajar prácticamente gratis, su historia llamó mucho la atención y despertó eso que llaman conciencia social. Unos cuantos acamparon frente a las estaciones de RENFE y el ministerio para que el Estado se hiciese cargo de su situación. ¿Pero después qué? Nada de nada. Una vez que se diluyó el ruido y la prensa perdió el interés, todo el mundo volvió a lo suyo y el pobre anciano siguió metido dentro de los vagones. Madrid-Santander, Madrid-Córdoba, Madrid-Barcelona… Aunque el viaje que más repetía era Madrid-Sevilla, Sevilla-Madrid. El trayecto ida y vuelta le permitía dormir las horas suficientes, con su única mochila como almohada, y estar de regreso por la mañana en la capital. Solo Dios sabe por qué, las horas diurnas, si podía, prefería pasarlas en Madrid, aunque fuese cruzando las líneas de cercanías de Este a Oeste y de Norte a Sur de la provincia, sin otro entretenimiento que ver el rutinario paisaje de polígonos industriales desérticos a través de la ventanilla.

Emilio le conoció personalmente hacía seis meses, aunque había oído hablar de él por algunos compañeros con anterioridad. Su única hija se marchó a Sevilla por amor y él pidió el traslado como revisor en ese recorrido (en el que Julián era pasajero asiduo) para poder estar más cerca de ella.

Julián era un viejo entrañable que no hacía otra cosa que permanecer allí sentado, sin más ocupación que recorrer los pasillos de cuando en cuando. A veces entraba en la cafetería y pedía un descafeinado a sabiendas de que los camareros no le cobrarían. Siempre daba los buenos días, las buenas tardes o las buenas noches, dependiendo del turno. Se preocupaba por tu jornada laboral: “¿Qué tal está yendo el día? ¿Mucho jaleo?”. Se entretenía hojeando la prensa que otros pasajeros abandonaban cuando finalizaba su viaje. Así mataba los minutos, las horas, los meses. Aseguraba a quien quisiese escuchar su historia que se encontraba en esa situación porque no le habían dejado otra opción, no por capricho.

Se había convertido en una institución dentro del personal ferroviario.  Aunque a él no le despertaba una especial simpatía, tampoco antipatía. Pero desde luego, a diferencia de la mayoría de personas, no veía en él un ejemplo de lucha, ni el estandarte de ninguna resistencia contra la clase política. Simplemente se trataba de un pobre viejo, probablemente demente, al que la sociedad, y quién sabe si su propia familia, había dado la espalda.

Lo sucedido se veía venir. Menuda forma de acabar sus días: como un perro abandonado. Pobre. ¡Pero había tenido que ocurrir precisamente hoy! En su último viaje antes de las vacaciones. Dos días antes de la boda de su hija y con el tren detenido. Tenía que estar en Sevilla de madrugada. Se lo había prometido. No podía fallarla. Solo le tenía a él. Y a su futuro marido, claro. Pero él era su padre.

Todavía quedaban veinte minutos para la hora de salida. La mayoría de pasajeros aún no habían subido al tren. Consultó las plazas: iba prácticamente vacío. Concretamente el vagón donde en este momento yacía el cuerpo de Julián Alcázar, contraído en la misma posición forzada en la que había quedado después de que él golpease su hombro para saludarle, tan solo estaba ocupado por tres pasajeros más.

El pensamiento se encadenó en una de esas extrañas secuencias que a veces liga la mente y le ofreció una solución que parecía acomodarse a sus intereses. Tenía que deshacerse del cadáver, o por lo menos intentar que lo encontrasen una vez que el convoy se detuviese en Sevilla y él lo hubiese abandonado. A fin de cuentas, ¿qué mal le hacía a nadie? Julián no iba a resucitar. Nadie le iba a echar de menos. No se trataba más que de un indigente, y él tenía a su única hija, huérfana de madre, esperándole en Sevilla a las puertas de su boda. No había que darle más vueltas al asunto.

Contaba con poco tiempo y había que actuar con rapidez. Bloqueó las puertas del vagón y comprobó de nuevo en su listado los asientos ocupados: el 13 A, el 14 C y el 12 C, además de en el que yacía el anciano. Es decir, toda la parte trasera del vagón y la delantera estaba libre.

Ni corto ni perezoso se echó literalmente el muerto al hombro como pudo. ¡Cualquiera diría que aquel viejo, que no debía superar el metro setenta y los sesenta kilos de peso, era tan difícil de transportar! Exhausto alcanzó su objetivo: las últimas plazas. Lo apoyó contra los asientos, respiró hondo, se enjugó el sudor. Abrió el portamaletas superior y, en un último e ímprobo esfuerzo, lo alzó en tres tiempos (apoyándose en su rodilla, cadera y hombro) y lo introdujo dentro a empellones, convirtiéndolo en una tétrica maleta. Aunque lo había alejado de la posición que debían ocupar los pasajeros y, por lo tanto, su posible equipaje, se aseguró de que nadie lo abriría, y de que tampoco se caería, y lo cerró con llave. Si alguien preguntaba, simplemente respondería que se había estropeado. 

Desbloqueó las puertas de nuevo y siguió con sus ocupaciones como si nada hubiese ocurrido.

El tren partió a la hora prevista y, aunque Emilio trataba de actuar como si fuese otro día más, a poco que alguien le hubiese observado detenidamente hubiese percibido su estado de intranquilidad.

Pasaba cada diez minutos al vagón que debía ocupar Julián Alcázar (y que de hecho ocupaba) para cerciorarse de que todo seguía en orden, que a nadie le había dado por intentar abrir la compuerta o que el peso del cadáver no había forzado la cerradura que la mantenía cerrada y el cuerpo se había desparramado por el suelo. No prestaba atención a los billetes que le mostraban los ocupantes a su paso o se le caían de las manos cuando los recibía. Tenía la espalda empapada por la sudoración. Un único pensamiento rondaba por su cabeza: había introducido en el portamaletas el cadáver de una persona.  ¡Cómo había podido ser tan mezquino!

Cuando entró en la cafetería a pedir una manzanilla caliente con la que templar sus nervios y Ricardo, el camarero, le preguntó si no le parecía extraño que el viejo no estuviese hoy en el tren, se sobresaltó.

-¡Y yo que sé! -respondió visiblemente molesto-. Le habrá dado por pasar la noche en otro recorrido. No sé qué os ha dado a todos con el anciano, no es más que un mendigo.

-Tranquilo –dijo Ricardo volviendo a sus quehaceres-. Solo era por hablar de algo. Ya veo que he elegido un mal tema de conversación.

Se arrepintió de su salida de tono. Podía delatarle. Debía mostrarse más cauto y actuar con normalidad. Tarde o temprano encontrarían el fiambre y no debían sospechar de él.

-Sigo con la ronda –dijo apurando su manzanilla-.Perdón por lo de antes, es que mi hija se casa pasado mañana y estoy un poco nervioso. Me acuerdo mucho de su madre, la pobre… -Y en realidad no mentía. En sus ojos asomaron un par de lágrimas, sin llegar a derramarse, que daban fe de ello.

-No tiene importancia –aseguró Ricardo-. Te entiendo. Pongo unos chupitos de coñac con los que calentarnos y brindamos por tu hija. ¿Te parece?

-No, déjalo –rechazó la invitación Emilio con un gesto de su mano, levantándose del taburete anclado al suelo-. Tengo mucho trabajo. En otro momento.

Quedaba solo media hora para que llegasen a Sevilla y parecía que todo estaba saliendo bien. Después encontrarían el cuerpo, quién sabe si mañana o dentro de unos días. No era tan frecuente, aunque la normativa lo exigiese, que se revisasen los portamaletas, dependía mucho de quién fuese el encargado. En cualquier caso, el olor a putrefacto de la carne en descomposición delataría el cadáver en tres días a lo sumo. Para entonces su hija ya se habría casado. Es probable que le llamasen para declarar. Diría que no sabía nada, se haría el sorprendido. No había ninguna prueba contra él. Archivarían el caso y listo. Si a nadie le importó el pobre Julián en vida, menos les iba a importar ahora cómo había aparecido allí arriba.

 

* * *

 

Cuando el tren se detuvo, los pasajeros se apearon y terminó de rellenar el papeleo para dejarlo todo listo, cogió su maleta y abandonó la estación del AVE apresuradamente sin apenas despedirse de sus compañeros, a pesar de que iba a estar casi un mes de vacaciones, ni cambiarse de ropa.

En la calle buscó un taxi. Estaban todos libres. Era una madrugada fría. Con la llegada del tren empezaría el trasiego. Se acercó al primero de la larga hilera de coches.

-Buenos días. A la calle de Los Remedios, por favor –le dijo a Eduardo, un taxista de Dos Hermanas al que le quedaba solo un mes para jubilarse y apuraba un pitillo apoyado en el capó de un Mercedes 300 SL decorado con un banderín del Betis.

-Buenos días, caballero. Permítame que antes le guarde su maleta, si es tan amable.

-No importa. La llevaré encima, tengo prisa.

-Perdone, pero es necesario, señor. Nos prohíben portar los equipajes en el interior del coche –insistió Eduardo-. No vea “usté” como se está poniendo la cosa.

El taxista dio la vuelta al coche seguido por Emilio, que arrastraba su trolley negra de ruedas y giraba la cabeza a un lado y a otro, temiéndose que en algún momento un policía reclamase su presencia.

Eduardo pulsó uno de los botones del  mando-llave y abrió el maletero del Mercedes con la intención de introducir el equipaje de su cliente. Emilio no pudo creer lo que vieron sus ojos en el interior y cayó fulminado allí mismo fruto de un infarto del que nadie pudo salvarle.

A Eduardo ni siquiera le dio tiempo a pedirle disculpas por tener parte del maletero ocupado por el enorme muñeco de Fanboy, el protagonista de esos horribles dibujos de la televisión que le encantaban a su nieto y con el que pensaba sorprenderle cuando acabase el turno.

¿Un país más culto es un país “mejor”?

cultura

Parece sensato pensar (y, de algún modo, se da por hecho) que un país constituido por ciudadanos cultos y formados es un país mejor.  No solo en el sentido técnico, o en términos de desarrollo  económico presente y futuro. Sino también en el aspecto moral y juicioso.

Un mundo en el que todos tuviésemos el acceso necesario a la cultura y las instituciones inculcasen el interés por ella, sería, a buen seguro, un mundo más honesto, menos abusivo, más equitativo y más solidario.

¿Pero realmente sería así? ¿Qué datos objetivos sostienen esa afirmación o qué razonamiento lógico nos hace deducir semejante conclusión? A mí entender ninguno.

Independientemente de cuál sea el sistema político que sostenga el Estado (incluyendo, por supuesto, la democracia), la mayoría de cargos de poder los sustentan las élites en un altísimo porcentaje.

Élites que no solo han tenido un fácil acceso al poder económico, sino también a la cultura (en un amplio sentido del término) y a la formación académica. Pero no solo han tenido el acceso al alcance de su mano, también han hecho uso de él. Es decir, no han desperdiciado las oportunidades que su posición vital les ha otorgado.

¿O acaso alguien piensa que, en su mayoría, nuestros políticos, jueces, fiscales, médicos, directores de grupos de comunicación, banqueros, etc., son gente analfabeta e inculta? Salvo excepciones, estamos hablando de personas cultivadas. No solo en lo que se refiere a sus campos profesionales, también en eso que llamamos cultura con mayúsculas. Es decir, literatura, música, cine, pintura, filosofía, arquitectura, etc.

Sin embargo (este país es un claro ejemplo de ello), no parece que toda esa cultura haya servido para convertirles en “mejores personas” (en el sentido moral del término) de lo que lo sería un pastor de cabras analfabeto, pongamos por caso, de los montes de Orense.

Es más, si mi vida dependiese de ello, me jugaría mi apuesta a que nuestro figurado cabrero vencería por goleada a la mayoría de personajes anteriormente citados en la disputa por la ética.

¿Quiero decir con esto que la cultura carece de importancia? No, por supuesto que no. Pero, como bien sabe nuestro pastor, no se deben mezclar las churras con las merinas.

Animar a la lectura arguyendo y prescribiendo sus beneficios morales, como el doctor que receta un analgésico contra el dolor, me parece tramposo. Por un lado, otorga a la literatura beneficios que no posee y, por otro, subestima gratuitamente a quien no se ha acercado a ella (ya sea porque no ha podido o no ha querido).

La necesidad creativa es una de las características del ser humano. Una de las cosas que nos define como tal. Al igual que el posterior disfrute de estas creaciones. A lo sumo, quien se niegue o no tenga la posibilidad de acercarse a eso que llamamos arte, estará dando de lado a parte de su humanidad y anulando una posibilidad más de encontrar pequeños resquicios de felicidad dentro de la cotidianidad (no la única, claro, pero sí una más). Pero, en ningún caso, eso le convertirá en “peor persona”. Ojalá todo fuese tan sencillo.